Son únicos a la hora de vender humo.
Los sindicatos son especialistas en esa política de imágenes de oportunidad para darse pote. Luego, cuando creen que el personal ya no está pendiente, vuelven por sus fueros.
Dicho en plata, es lo que al secretario general de la Unión General de Trabajadores, Pepe Álvarez, le sucedió en la jornada del 16 de octubre de 2020 en Madrid.
Su organización había convocado un acto para proceder a la limpieza de las pintadas que se habían hecho a la estatua de Largo Caballero, situada en la zona de Nuevos Ministerios.
Álvarez, presto y dispuesto, agarró el cubo y el cepillo para hacer ver a los asistentes que se empleaba a fondo en el borrado de las pintadas.
Sin embargo, en cuanto le hicieron las fotos de rigor, él pasó los tratos a un operario que fue el encargado de acometer la tarea de erradicar los escritos hechos en el monumento a Caballero.
En Twitter se desató un cachondeo descomunal al ver como el sindicalista siquiera era capaz de doblar el espinazo por alguien afín a sus principios ideológicos:
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